extractos de una entrevista con pascal quignard

Extractos de una entrevista realizada por Melina Balcázar Moreno en el suplemento cultural  Laberinto de Milenio diario

Erik Johansson


En su obra, me parece que concede un lugar cada vez más importante a la infancia, a ese periodo que se vive fuera del habla, de la lengua. De cierta manera, por ejemplo en la Noche sexual, la asocia con la vida intrauterina que aparece como el mundo que nos precedió y del cual conservamos aún adultos la huella. ¿Cómo llegó a su escritura la cuestión de la infancia?
Esta cuestión llegó a mí por razones muy personales. Cuando era pequeño, no supe bien de qué vientre, de qué origen provenía, porque me crió una joven alemana que pensaba era mi madre, cuando en realidad mi madre estaba en cama, hospitalizada y por eso no tenía ningún contacto con ella. No sé lo que uno imagina cuando es pequeño, cuando no se tiene el lenguaje, pensaba tal vez que provenía de una especie de bolsa, sentía un apego a algo. Uno sabe por lo menos que se viene de alguna parte…
Se trataba entonces de una interrogación que llevaba dentro. Después, una lectura me impactó extremadamente, pero fue mucho más tarde, la lectura de una obra muy peculiar de San Agustín, las Confesiones –sin embargo no fue porque entre tanto encontré el psicoanálisis… estuve por cierto en análisis durante diez años, comencé cuando tenía alrededor de treinta, estaba muy angustiado y tenía tendencias suicidas; ya no soy así, nunca más, el psicoanálisis me salvó la vida; por eso no me gusta cuando hablan mal de él, pues cuando se salva a la gente no se puede ser severo–. En ese libro, pero también en otros de sus textos, se ve que lo obsesiona la idea de que vivió al inicio, según él, en un estado mudo, como un animal, salvaje, sin conciencia, sin memoria, sin lenguaje, como una suerte de pecado original, que viene de la sexualidad. Es una visión muy negra. Se muestra furioso contra la condición humana que impone este primer mundo, esta vida intrauterina antes del nacimiento e, incluso, contra el principio de la infancia. De hecho, Agustín hubiera querido nacer a la edad de siete años. Lo que podría decir yo al respecto es que nacer es algo muy difícil, comenzar en la vida también lo es, y creo que se debería terminar más bien por el nacimiento y la infancia y comenzar por la extrema vejez, ¡todo sería más fácil!
Luego viene el psicoanálisis, todas las admirables meditaciones de Freud acerca del desamparo de los más pequeños, acerca del nacimiento, de la intrusión del aire en los pulmones del recién nacido que representa un riesgo de muerte, o respira o muere. Hay muchos filósofos que dicen que no se puede experimentar la muerte y que incluso muriendo eso no es posible; esta idea forma parte de una vieja tradición filosófica. Creo, al contrario, que la sola experiencia de la muerte es el nacimiento, es ahí donde existe un riesgo de muerte, una efracción. El hecho mismo, cómo decirlo, de que todo ese ritmo puramente cardíaco surja a la par de la pulmonación, con el grito, el aire frío, la luz, todas son experiencias que se vuelven milagrosas y maravillosas pero que no lo son en su origen. En su origen, son sorprendentes y espantosas. Se sale de un estado para entrar en otro. Es, en verdad, la gran mudanza de la vida.

***

 
La violencia que se ejerce contra la lengua o contra los demás aparece con frecuencia en sus libros. Por ejemplo, en La frontera, donde la violencia de las escenas de venganza puede parecer excesiva. ¿Esta violencia que aparece en sus escritos, situados a menudo en un pasado lejano, guarda una relación con la violencia del mundo de hoy?
Existe una relación muy estrecha con lo que escribo, una relación política incluso, como la había también en Genet.
Resulta que nací después de la guerra pero viví en ciudades que no lograban reconstruirse. Los habitantes sufrieron no tanto por la destruccion –es algo que me hizo notar el alcalde de El Havre– sino por que una vez que la ciudad fue destruida hubo que esperar ocho o nueve años y después se tuvo que reconstruir. Era pues gente que vivía en casuchas, en una atmósfera de ruina. No digo que no sufrieron por la guerra, hubo muchos que murieron por las bombas americanas e inglesas, un tanto inútilmente ya que no se trataba de alemanes, eran havrenses. Hago referencia en particular al Havre porque es un puerto importante que había que destruir y porque pasé ahí una buena parte de mi infancia. Cuando se crece dentro, no se crece en algo construido. Así, incluso lo que escribo hoy se sitúa en la ruina de la violencia más terrible, porque la segunda guerra no fue tampoco una violencia cualquiera.
Aprendí a leer con alguien que volvía del campo de concentración de Dachau, a quien le llevó alrededor de una decena de años lograr comer, recobrar peso, tener de nuevo un rostro humano. Uno está confrontado a la violencia de lo que ocurre y al mismo tiempo –es también una manera política de vivir– siente un odio por la violencia, como es mi caso, que va hasta el odio por el ejército, el poder y que llega hasta la huida. Reconozco que en cierto momento renuncié a todo, a todos mis puestos, y me dije que bien se podía hacer como hacían los cristianos al origen, como hacían los monjes, los anacoretas, los ascetas o como hacen los hindúes o los monjes taoístas en extremo Oriente, que bien se podía tener una vida huyendo en extremo de la violencia.
Estoy muy al tanto de lo que ocurre en la actualidad. La violencia la vivo, me afecta. Estuve en Japón –adonde voy seguido– justo antes y justo después de lo que ellos llaman la “ola” y nosotros el “tsunami”. Estaba de gira con una bailarina de buto, Carlota Ikeda, con el espectáculo de Medea. Me afectó mucho lo que produjo la ola. Fui con mi traductor japonés a rezar por los muertos de su familia que la ola se llevó. Fue algo muy curioso por cierto…
Kenzaburo Oe, que es un escritor maravilloso, que defiende las mismas causas que yo con respecto al autismo, esa extraña violencia dirigida contra sí mismo, acudió a mí después de Fukushima para luchar contra el gobierno japonés pero, en cuanto se vuelve algo institucional, no puedo, no soy más que un hombre. No creo que se pueda hablar como si uno fuera una nación, una religión, soy incapaz de ello, no soy más que un individuo. Pienso que no se puede hablar más que de sí y con esto Genet hubiera estado también de acuerdo conmigo. Se es mucho menos peligroso así.

Comentarios